Cuando la tecnología avanza, volvemos a las personas: proyectos más humanos en la era de la Inteligencia Artificial

Por Dolores Lavaque Velasco

Vivimos un momento fascinante y, al mismo tiempo, inquietante.
La Inteligencia Artificial avanza con una fuerza arrolladora, optimiza procesos, acelera decisiones, promete eficiencia y escala. Todo eso es cierto. Pero en ese mismo movimiento, casi sin darnos cuenta, algo esencial empieza a diluirse: la humanidad en los proyectos, en las empresas y en la vida cotidiana.

Hoy más que nunca creo que estamos ante un punto de inflexión. No es tiempo solo de nuevas tecnologías, sino de proyectos más humanos. Proyectos que no se diseñen únicamente desde la lógica del algoritmo, sino desde la comprensión profunda de las personas que los van a habitar.

Se habla mucho de escuchar, pero poco de escucha activa real. Escuchar de verdad no es esperar el turno para responder, ni validar lo que ya creemos saber. Escuchar activamente implica suspender el juicio, leer los silencios, registrar las emociones, comprender el contexto del otro. Es una escucha que incomoda, porque nos obliga a revisar nuestras propias certezas. Y, justamente por eso, es transformadora.

La empatía, tan mencionada y tan poco practicada, deja de ser un concepto blando cuando entendemos que es una competencia estratégica. Empatía no es “ponerse en el lugar del otro” de manera romántica; es reconocer al otro como legítimo, con sus miedos, contradicciones y expectativas, incluso —y sobre todo— cuando no coinciden con las nuestras.

Desde la investigación, desde el análisis de mercados, de culturas organizacionales y de tendencias, surge una pregunta que no podemos seguir esquivando: 

¿qué va a pasar con las personas en este nuevo escenario?

No solo con los puestos de trabajo, sino con el sentido del trabajo.
No solo con la productividad, sino con el vínculo.
No solo con la eficiencia, sino con la dignidad de ser humanos en sistemas cada vez más automatizados.

La IA puede darnos respuestas rápidas. Pero las preguntas importantes —las que definen el rumbo de una empresa, de una marca, de una comunidad— siguen naciendo del encuentro entre personas. Del diálogo genuino. De la escucha. De la empatía.

Tal vez el verdadero diferencial, de ahora en adelante, no sea quién adopta antes la tecnología, sino quién logra integrarla sin perder lo esencial.
Porque en un mundo cada vez más artificial, lo humano no debería ser una debilidad, sino el activo más valioso.